El amor es el regalo fundamental. Todo lo demás, que se nos da sin merecerlo, se convierte en regalo en virtud del amor"1 . Cuando hacemos un regalo, el don es primero para nosotros. Cuando lo entregamos, ningún don disminuye. Al contrario, permanece y se acrecienta. En cada regalo ejercitamos la libertad de entregarnos, la apertura de no retener nada, disminuye nuestra pobreza.
Cuando las palabras del corazón son verdaderas, permanecen para siempre. No obstante, no alcanzan las palabras, ni los silencios para nombrar al amor. Nada lo pronuncia y, sin embargo, todo lo nombra. El amor que no expresamos es el un dolor que nos llevamos. El amor necesita su propio verbo. Al amor hay que decirlo, hay que proferirlo con silencios, con miradas, con gestos y con palabras: ¿Cuál es la palabra impregnada de silencios, que decís cuando intentás pronunciar al amor?
[1] Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica I, 38, 2.
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