......Maria Cubrenos con tu manto....
NADA SIN TI, NADA SIN NOSOTROS
domingo, octubre 09, 2011
viernes, junio 03, 2011
miércoles, mayo 18, 2011
Enfermos
La imagen permanece en la casa de la persona enferma generalmente nueve días para que, el enfermo si esta en condiciones o la familia puedan rezarle la novena “Hijo mío yo estoy a tu lado”.
De acuerdo a la gravedad que presenta el enfermo la imagen peregrina puede permanecer unos días más en el lugar.
Los misioneros de esta modalidad deben ser muy prudentes en sus actitudes y palabras con el enfermo, como así también con la familia para no crear falsas expectativas. A veces escuchar, acariciar, hacer silencio es lo más conveniente.
El misionero puede visitar con la imagen de esta modalidad: geriátricos, hospitales, leprosaríos, asilos, etc.
En estos lugares es conveniente si desean que la imagen permanezca por un tiempo que alguna persona se haga responsable de la misma para que circule por las distintas salas.
Por la vida
Esta imagen tiene como Misión promover la vida con entusiasmo y convicción, con valentía, sin tibiezas, ni temores.
A través de ella queremos manifestar el respeto por la vida y dignidad del hombre desde la concepción hasta la ancianidad.
La Sma. Virgen María nos enseña a amar la vida física, espiritual y de la gracia, la propia y la de los demás.
Puede ayudarnos en la vida que comienza o en el recomenzar y reencender la vida.
Es pedirle al Señor que ilumine nuestra oscuridad con su Luz.
La imagen peregrina va acompañada con un Niño Dios en un canastito. Dentro de esta modalidad se distinguen especialmente las imágenes para embarazadas y bebes en riesgo de vida. Estas formas de misionar están relacionadas entre si
con una misión especifica, la promoción del derecho a la vida.
La visita es de aproximadamente de una semana de acuerdo a las familias que deba recorrer en el mes. En las misiones especificas la peregrina permanece en el lugar unos días más de acuerdo a la gravedad de la situación..
Familias
Esta imagen tiene como Misión reencender a la Familia con los valores e ideales de la Sagrada Familia de Nazaret.
Con la visita de la peregrina María estimula en sus hijos la participación en los Sacramentos, crea una mayor armonía familiar y despierta el compromiso eclesial y social del cristiano.
La Peregrina permanece dos días en cada hogar visitando 15 familias al mes.
Vocaciones
En esta misión la imagen visita siete familias, permaneciendo cuatro días en cada casa.
En lo posible se peregrina entre personas que estén más comprometidas con la Iglesia y deseen rezar especialmente por las vocaciones religiosas y laicales.
Es importante que esta modalidad se difunda en grupos parroquiales, de oración, cenáculos, etc.
Niños
La imagen es peregrinada por niños de 8 a 12 años que hayan tomado la comunión.
Los misioneritos peregrinan con imágenes más pequeñas y se consagran por 6 meses. Pueden misionar entre sus compañeros de escuela, catecismo, amigos, familiares y vecinitos.
Ciegos
Es una imagen de madera, en relieve, para que el no-vidente, al palparla, pueda percibir las formas de la Sma. Virgen y además sentir la solidaridad y cercanía con otros no-videntes. Generalmente la visita de la peregrina es de una semana o 9 días, depende de la cantidad de personas que la reciban en el mes.
Si el misionero lo desea puede visitar hogares, bibliotecas e institutos de ciegos. En estos lugares es conveniente que la imagen permanezca por un tiempo y que alguna persona se haga responsable de la misma para que circule por las distintas salas.
Esta imagen va acompañada por un Rosario con meditaciones en Braile.
Cárceles
Los misioneros que visitan Institutos carcelarios deben solicitar el debido permiso, para ingresar la imagen, a las autoridades de la institución carcelaria.
La imagen llega periódicamente de acuerdo al régimen de visitas establecido por el instituto.
Los misioneros comparten con los internos oraciones pidiendo por ellos y sus familias.
Es importante que el misionero escuche y charle con los internos tratando de mostrarles que existe una vida distinta a la que ellos llevaron y que con fe y esperanza se puede cambiar.
Trabajo y comercios
“Danos hoy el pan nuestro de cada día”... El trabajo dignifica al hombre. El trabajador junto a su Padre Dios gana el salario para mantener a su familia. El Señor puso los bienes de la creación para que el hombre los utilice y acreciente, para que todos los reciba-
mos con justicia y equidad. Esta imagen se misiona en los lugares de trabajo y comercios de la comunidad.
Jóvenes
“Los jóvenes son la semilla de un nuevo mundo y nueva cultura”. P. José Kentenich
¡¡¡LOS TIEMPOS URGEN!!
Necesitamos HÉROES” como decía José Engling, que nos ayuden a cambiar el mundo llevando a otros el mensaje de Jesús y María.
La Imagen va acompañada de un Rosario, con meditaciones especiales para la juventud. En el podrán descubrir, con ejemplos concretos de hombres de hoy, que se puede llevar la Palabra de Jesús a la vida cotidiana.
Escuelas
La imagen peregrina en instituciones escolares.
Uno o más alumnos, en cada curso, pueden consagrarse misioneros por un año y van misionando la imagen entre sus compañeros. También si lo desea, una maestra, puede consagrarse misionera y realizar la misión en la institución. Generalmente estas misiones se realizan por el término de un año.
Serenidad y confianza
El miedo y la angustia son sentimientos que acompañan al hombre moderno. No encontraremos cobijamiento y seguridad si, solo lo buscamos dentro de nosotros mismos. El Padre Kentenich dijo de la Hermana María Emilie después de su muerte: ”Su misión consiste en liberar a los hombres de sus miedos y angustias y cobijarlos en el corazón paternal de Dios”. Ella supo al final de su vida superar el miedo paralizante en que había vivido por muchos años, poniéndose con confianza filial en las manos del Padre.
Taxistas
Hace ya diez años, que las
peregrinas andan de auto en auto y de casa en casa de los misioneros taxistas. Asumieron esta misión con el compromiso de llevar la imagen en sus taxis. Los pasajeros reciben su compañía y pueden dejar sus peticiones en un cuaderno. Las mismas son llevadas al Santuario el día que se reúnen para rezar Santo el Rosario.
OTRAS MODALIDADES: Cenáculo - Del hijo Prodigo.
Las imágenes peregrinas llevan la estampa de Nuestra Sra. de Schoenstatt. El marco tiene una forma especial que simboliza el Santuario. Todas las peregrinas salen bendecidas del Santuario llevando las tres gracias que María regala desde allí: el cobijamiento, la transformación interior y el envío apostólico.
Las imágenes peregrinas pertenecen a la Campaña del Rosario.
Todas las modalidades van acompañadas por un cuaderno que contiene material informativo sobre la Campaña y el Movimiento de Schoenstatt.
Modo de rezar el Rosario, Rosarios con meditaciones propias para cada modalidad, novenas, y folletería variada.
En el cuaderno encontrarán hojas en blanco donde el misionero puede pegar oraciones, información del Santuario, la Parroquia a la que pertenece o algún mensaje para los misionados. Se pueden escribir peticiones, agradecimientos, y testimonios.
¿Quienes pueden ser misioneros?
Todas las personas cuyo corazón haya sido conquistado por la Sma. Virgen, y que no solo quiera recibir una vez al mes la imagen, sino que quiere llevarla a un grupo de personas todos los meses, para que, la Virgen conquiste más corazones al servicio del Reino.
Para desarrollar el apostolado misionero es necesario recibir la formación correspondiente. El misionero asume el compromiso por el término de un año y debe renovarlo todos los años.
“Sí” al amor como comunicación profunda entre las personas
Discurso que el Papa Benedicto XVI dirigió a los miembros del Instituto Pontificio Juan Pablo II, con ocasión del XXX aniversario de la fundación del Instituto
Autor: SS Benedicto XVI | Fuente: Vatican Information Service
CIUDAD DEL VATICANO, viernes 13 de mayo de 2011
Señores cardenales,
venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio,
queridos hermanos y hermanas,
Con alegría os acojo hoy, pocos días después de la beatificación del Papa Juan Pablo II, que hace treinta años, como hemos oído, quiso fundar contemporáneamente el Consejo Pontificio para la Familia y vuestro Instituto Pontificio; dos organismos que muestran como él fue persuadido siempre por la importancia decisiva de la familia para la Iglesia y para la sociedad. Saludo a los representantes de vuestra gran comunidad, esparcida en todos los continentes, como también la benemérita Fundación para el matrimonio y la familia que he creado para sostener vuestra misión.
Agradezco al presidente, monseñor Melina, por la palabras que me ha dirigido en nombre de todos. El nuevo Beato Juan Pablo II, que, como se ha recordado, hace treinta años sufrió el terrible atentado en la plaza de San Pedro, os ha confiado, en particular, para el estudio, la investigación y la difusión, sus “Catequesis sobre el amor humano”, que contiene una profunda reflexión sobre el cuerpo humano. Conjugar la teología del cuerpo con la del amor para encontrar la unidad del camino del hombre: este es el tema que quisiera indicaros para vuestro trabajo.
Poco después de la muerte de Michelangelo, Paolo Veronese fue llamado ante la Inquisición, con la acusación de haber pintado figuras inapropiadas alrededor de la Última Cena. El pintor respondió que también en la Capilla Sixtina los cuerpos estaban representados desnudos, con poca reverencia. Fue el mismo inquisidor el que defendió a Michelangelo con una respuesta que se hizo famosa: “¿No sabes que en estas figuras no hay nada que no sea espíritu?”. En la actualidad nos cuesta entender estas palabras, porque el cuerpo aparece como materia inerte, pesada, opuesta al conocimiento y a la libertad propias del espíritu. Pero los cuerpos pintados por Michelangelo están llenos de luz, vida, esplendor.
Quería mostrar, de esta manera, que nuestros cuerpos esconden un misterio. En ellos el espíritu se manifiesta y actúa. Están llamados a ser cuerpos espirituales, como dice San Pablo (cfr 1Cor 15,44). Podemos ahora preguntarnos: ¿Puede este destino del cuerpo, iluminar las etapas de su camino? Si nuestro cuerpo está llamado a ser espiritual, ¿no deberá ser su historia la de la alianza entre el cuerpo y el espíritu? De hecho, lejos de oponerse al espíritu, el cuerpo es el lugar donde el espíritu habita. A la luz de esto, es posible entender que nuestros cuerpos no son materia inerte, pesada, sino que hablan, si sabemos escuchar, con el lenguaje del amor verdadero.
La primera palabra de este lenguaje se encuentra en la creación del hombre. El cuerpo nos habla de un origen que nosotros no nos hemos conferido a nosotros mismos. “Me plasmaste en el seno de mi madre”, dice el salmista al Señor (Sal 139,13). Podemos afirmar que el cuerpo, al revelarnos el Origen, lleva consigo un significado filial, porque nos recuerda nuestra generación, que muestra, a través de nuestros padres que nos han dado la vida, a Dios Creador. Sólo cuando reconoce el amor original que le ha dado la vida, el hombre puede aceptarse a sí mismo, puede reconciliarse con la naturaleza y con el mundo. A la creación de Adán le sigue la de Eva. La carne, recibida de Dios, está llamada a hacer posible la unión de amor entre el hombre y la mujer, y transmitir la vida. Los cuerpos de Adán y Eva aparecen, antes de la Caída, en perfecta armonía. Hay en ellos un lenguaje que no han creado, un eros radicado en su naturaleza, que les invita a recibirse mutuamente del Creador, para poder, de esta manera, donarse. Comprendemos entonces que, en el amor, el hombre es “creado nuevamente”. Incipit vita nova, decía Dante (Vita Nuova I,1), la vida de la nueva unidad, de los dos en una carne. La verdadera fascinación de la sexualidad nace de la grandeza de este horizonte que se abre: la belleza integral, el universo de la otra persona y del “nosotros” que nace de la unión, la promesa de comunión que allí se esconde, la fecundidad nueva, el camino que el amor abre hacia Dios, fuente de amor. La unión en una sola carne se hace, entonces, unión de toda la vida, hasta que el hombre y la mujer se convierten también en un solo espíritu. Se abre, así, un camino en el que el cuerpo nos enseña el valor del tiempo, de la lenta maduración en el amor. Desde esta perspectiva, la virtud de la castidad recibe un nuevo sentido. No es un “no” a los placeres y a la alegría de la vida, sino el gran “sí” al amor como comunicación profunda entre las personas, que exige tiempo y respeto, como camino hacia la plenitud y como amor que se convierte en capaz de generar la vida y de acoger generosamente la vida nueva que nace.
Es cierto que el cuerpo contiene también un lenguaje negativo: nos habla de la opresión del otro, del deseo de poseer y disfrutar. Sin embargo, sabemos que este lenguaje no pertenece al diseño original de Dios, sino que es fruto del pecado. Cuando se lo separa de su sentido filial, de su conexión con el Creador, el cuerpo se rebela contra el hombre, pierde su capacidad de hacer brillar la comunión y se convierte en terreno del que se apropia el otro. ¿No es quizás, este el drama de la sexualidad, que hoy permanece encerrada en el círculo estrecho del propio cuerpo y en la emotividad, pero que en realidad puede realizarse sólo en la llamada a algo más grande? Respecto a esto, Juan Pablo II hablaba de la humildad del cuerpo. Un personaje de Claudel dice a su amado: “la promesa que mi cuerpo te hizo, yo soy incapaz de llevarla a cabo”; a la que sigue la respuesta: “el cuerpo se rompe, pero no la promesa... “(Le soulier de satin, Día III, Escena XIII). La fuerza de esta promesa explica como la Caída no fue la última palabra sobre el cuerpo en la historia de la salvación. Dios ofrece al hombre también, un camino de redención del cuerpo, cuyo lenguaje viene preservado en la familia. Después de la Caída, Eva recibe el nombre de Madre de los Vivientes, es decir testifica que la fuerza del pecado no consigue cancelar el lenguaje original del cuerpo, la bendición de vida que Dios continúa ofreciendo cuando el hombre y la mujer se unen en una sola carne. La familia, es decir el lugar donde la teología del cuerpo y la teología del amor se unen. Aquí se aprende la bondad del cuerpo, el testimonio bueno de su origen, en la experiencia del amor que recibimos de los padres. Aquí se vive el don de sí en una sola carne, en la caridad conyugal que une a los esposos. Aquí se experimenta la fecundidad del amor, y la vida se entrelaza a la de las otras generaciones. Y en la familia donde el hombre descubre su relación, no como individuo autónomo que se autorrealiza, sino como hijo, esposo, padre, cuya identidad se funda la llamada al amor, a recibir y a darse a los demás.
Este camino de la creación encuentra su plenitud con la Encarnación, con la venida de Cristo. Dios asumió el cuerpo, se reveló en él. El movimiento del cuerpo hacia lo alto está integrado aquí en otro movimiento más original, el movimiento humilde de Dios que se abaja hacia el cuerpo, para después elevarlo hacia sí. Como Hijo, recibió el cuerpo filial en la gratitud y en la escucha del Padre y ha dado este cuerpo por nosotros, para generar así el cuerpo nuevo de la Iglesia. La liturgia de la Ascensión canta esta historia de la carne, pecadora en Adán, asunta ya redimida por Cristo. Es una carne que está cada vez más llena de luz y de Espíritu, llena de Dios. Aparece así la profundidad de la teología del cuerpo. Esta, cuando es leída junto a la tradición, evita el riesgo de la superficialidad y consiente acoger la grandeza de la vocación al amor, que es una llamada a la comunión de las personas en la en la doble forma de vida, de la virginidad y del matrimonio.
Discurso que el Papa Benedicto XVI dirigió a los miembros del Instituto Pontificio Juan Pablo II, con ocasión del XXX aniversario de la fundación del Instituto
Autor: SS Benedicto XVI | Fuente: Vatican Information Service
CIUDAD DEL VATICANO, viernes 13 de mayo de 2011
Señores cardenales,
venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio,
queridos hermanos y hermanas,
Con alegría os acojo hoy, pocos días después de la beatificación del Papa Juan Pablo II, que hace treinta años, como hemos oído, quiso fundar contemporáneamente el Consejo Pontificio para la Familia y vuestro Instituto Pontificio; dos organismos que muestran como él fue persuadido siempre por la importancia decisiva de la familia para la Iglesia y para la sociedad. Saludo a los representantes de vuestra gran comunidad, esparcida en todos los continentes, como también la benemérita Fundación para el matrimonio y la familia que he creado para sostener vuestra misión.
Agradezco al presidente, monseñor Melina, por la palabras que me ha dirigido en nombre de todos. El nuevo Beato Juan Pablo II, que, como se ha recordado, hace treinta años sufrió el terrible atentado en la plaza de San Pedro, os ha confiado, en particular, para el estudio, la investigación y la difusión, sus “Catequesis sobre el amor humano”, que contiene una profunda reflexión sobre el cuerpo humano. Conjugar la teología del cuerpo con la del amor para encontrar la unidad del camino del hombre: este es el tema que quisiera indicaros para vuestro trabajo.
Poco después de la muerte de Michelangelo, Paolo Veronese fue llamado ante la Inquisición, con la acusación de haber pintado figuras inapropiadas alrededor de la Última Cena. El pintor respondió que también en la Capilla Sixtina los cuerpos estaban representados desnudos, con poca reverencia. Fue el mismo inquisidor el que defendió a Michelangelo con una respuesta que se hizo famosa: “¿No sabes que en estas figuras no hay nada que no sea espíritu?”. En la actualidad nos cuesta entender estas palabras, porque el cuerpo aparece como materia inerte, pesada, opuesta al conocimiento y a la libertad propias del espíritu. Pero los cuerpos pintados por Michelangelo están llenos de luz, vida, esplendor.
Quería mostrar, de esta manera, que nuestros cuerpos esconden un misterio. En ellos el espíritu se manifiesta y actúa. Están llamados a ser cuerpos espirituales, como dice San Pablo (cfr 1Cor 15,44). Podemos ahora preguntarnos: ¿Puede este destino del cuerpo, iluminar las etapas de su camino? Si nuestro cuerpo está llamado a ser espiritual, ¿no deberá ser su historia la de la alianza entre el cuerpo y el espíritu? De hecho, lejos de oponerse al espíritu, el cuerpo es el lugar donde el espíritu habita. A la luz de esto, es posible entender que nuestros cuerpos no son materia inerte, pesada, sino que hablan, si sabemos escuchar, con el lenguaje del amor verdadero.
La primera palabra de este lenguaje se encuentra en la creación del hombre. El cuerpo nos habla de un origen que nosotros no nos hemos conferido a nosotros mismos. “Me plasmaste en el seno de mi madre”, dice el salmista al Señor (Sal 139,13). Podemos afirmar que el cuerpo, al revelarnos el Origen, lleva consigo un significado filial, porque nos recuerda nuestra generación, que muestra, a través de nuestros padres que nos han dado la vida, a Dios Creador. Sólo cuando reconoce el amor original que le ha dado la vida, el hombre puede aceptarse a sí mismo, puede reconciliarse con la naturaleza y con el mundo. A la creación de Adán le sigue la de Eva. La carne, recibida de Dios, está llamada a hacer posible la unión de amor entre el hombre y la mujer, y transmitir la vida. Los cuerpos de Adán y Eva aparecen, antes de la Caída, en perfecta armonía. Hay en ellos un lenguaje que no han creado, un eros radicado en su naturaleza, que les invita a recibirse mutuamente del Creador, para poder, de esta manera, donarse. Comprendemos entonces que, en el amor, el hombre es “creado nuevamente”. Incipit vita nova, decía Dante (Vita Nuova I,1), la vida de la nueva unidad, de los dos en una carne. La verdadera fascinación de la sexualidad nace de la grandeza de este horizonte que se abre: la belleza integral, el universo de la otra persona y del “nosotros” que nace de la unión, la promesa de comunión que allí se esconde, la fecundidad nueva, el camino que el amor abre hacia Dios, fuente de amor. La unión en una sola carne se hace, entonces, unión de toda la vida, hasta que el hombre y la mujer se convierten también en un solo espíritu. Se abre, así, un camino en el que el cuerpo nos enseña el valor del tiempo, de la lenta maduración en el amor. Desde esta perspectiva, la virtud de la castidad recibe un nuevo sentido. No es un “no” a los placeres y a la alegría de la vida, sino el gran “sí” al amor como comunicación profunda entre las personas, que exige tiempo y respeto, como camino hacia la plenitud y como amor que se convierte en capaz de generar la vida y de acoger generosamente la vida nueva que nace.
Es cierto que el cuerpo contiene también un lenguaje negativo: nos habla de la opresión del otro, del deseo de poseer y disfrutar. Sin embargo, sabemos que este lenguaje no pertenece al diseño original de Dios, sino que es fruto del pecado. Cuando se lo separa de su sentido filial, de su conexión con el Creador, el cuerpo se rebela contra el hombre, pierde su capacidad de hacer brillar la comunión y se convierte en terreno del que se apropia el otro. ¿No es quizás, este el drama de la sexualidad, que hoy permanece encerrada en el círculo estrecho del propio cuerpo y en la emotividad, pero que en realidad puede realizarse sólo en la llamada a algo más grande? Respecto a esto, Juan Pablo II hablaba de la humildad del cuerpo. Un personaje de Claudel dice a su amado: “la promesa que mi cuerpo te hizo, yo soy incapaz de llevarla a cabo”; a la que sigue la respuesta: “el cuerpo se rompe, pero no la promesa... “(Le soulier de satin, Día III, Escena XIII). La fuerza de esta promesa explica como la Caída no fue la última palabra sobre el cuerpo en la historia de la salvación. Dios ofrece al hombre también, un camino de redención del cuerpo, cuyo lenguaje viene preservado en la familia. Después de la Caída, Eva recibe el nombre de Madre de los Vivientes, es decir testifica que la fuerza del pecado no consigue cancelar el lenguaje original del cuerpo, la bendición de vida que Dios continúa ofreciendo cuando el hombre y la mujer se unen en una sola carne. La familia, es decir el lugar donde la teología del cuerpo y la teología del amor se unen. Aquí se aprende la bondad del cuerpo, el testimonio bueno de su origen, en la experiencia del amor que recibimos de los padres. Aquí se vive el don de sí en una sola carne, en la caridad conyugal que une a los esposos. Aquí se experimenta la fecundidad del amor, y la vida se entrelaza a la de las otras generaciones. Y en la familia donde el hombre descubre su relación, no como individuo autónomo que se autorrealiza, sino como hijo, esposo, padre, cuya identidad se funda la llamada al amor, a recibir y a darse a los demás.
Este camino de la creación encuentra su plenitud con la Encarnación, con la venida de Cristo. Dios asumió el cuerpo, se reveló en él. El movimiento del cuerpo hacia lo alto está integrado aquí en otro movimiento más original, el movimiento humilde de Dios que se abaja hacia el cuerpo, para después elevarlo hacia sí. Como Hijo, recibió el cuerpo filial en la gratitud y en la escucha del Padre y ha dado este cuerpo por nosotros, para generar así el cuerpo nuevo de la Iglesia. La liturgia de la Ascensión canta esta historia de la carne, pecadora en Adán, asunta ya redimida por Cristo. Es una carne que está cada vez más llena de luz y de Espíritu, llena de Dios. Aparece así la profundidad de la teología del cuerpo. Esta, cuando es leída junto a la tradición, evita el riesgo de la superficialidad y consiente acoger la grandeza de la vocación al amor, que es una llamada a la comunión de las personas en la en la doble forma de vida, de la virginidad y del matrimonio.
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