jueves, septiembre 09, 2010

Caminemos durante este mes con confianza en Dios imitando la Fe de María, y meditando con Ella los misterios de la vida del Señor.











...Al rezar el Rosario, penetramos en los misterios de la vida de Jesús, que son, a la vez, los misterios de su Madre.

Esto se advierte muy claramente en los misterios gozosos, comenzando por la anunciación, pasando por la visitación y el nacimiento en la noche de Belén, y luego por la presentación del Señor, hasta su encuentro en el templo, cuando Jesús tenía ya 12 años.

Aunque pueda parecer que los misterios dolorosos no nos muestran directamente a la Madre de Jesús -con excepción de los dos últimos: el vía crucis y la crucifixión-, sin embargo, ¿podemos pensar que estuviese espiritualmente ausente la Madre, cuando su Hijo sufría de modo tan terrible en Getsemaní, en la flagelación y en la coronación de espinas?

Y los misterios gloriosos son también misterios de Cristo, en los que encontramos la presencia espiritual de María, el primero entre todos el misterio de la resurrección. Al hablar de la Ascensión, la Sagrada Escritura no menciona la presencia de María, pero, ¿pudo no estar ella presente, si inmediatamente después leemos que se hallaba en el cenáculo con los mismos Apóstoles, que habían despedido poco antes a Cristo que subía al cielo? Con ellos se prepara María a la venida del Espíritu Santo y participa en la misma el día de Pentecostés. Los dos últimos misterios gloriosos orientan nuestro pensamiento directamente a la Madre de Dios, cuando contemplamos su Asunción y Coronación en la gloria celeste.

El Rosario es una oración que se refiere a María unida a Cristo en su misión salvífica. Es, al mismo tiempo, una oración a María, nuestra mejor Mediadora ante el Hijo.

El Rosario es también una oración que de modo especial rezamos con María, lo mismo que oraban juntos con Ella los Apóstoles en el Cenáculo, preparándose para recibir el Espíritu Santo. (Juan Pablo II, 28 de octubre de 1981)

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