viernes, junio 12, 2009

Mario Hiriart hijo de Schoenstatt

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Schoenstatt es un movimiento mariano con un marcado carácter apostólico y laical, nacido en el seno de la Iglesia Católica. Su centro espiritual es el santuario de Schoenstatt donde la Santísima Virgen se muestra de un modo especial como la Madre y Educadora que da a luz a Cristo en las almas de sus fieles y las conforma según su imagen.

Schoenstatt fue fundado en 1914 por el padre José Kentenich con el fin de hacer nacer dentro de la Iglesia una nueva comunidad sobre la base de hombres nuevos capaces de superar la masificación propia del tiempo y de forjar una nueva cultura impregnada por el espíritu de Cristo.
En 1949, desde el primer santuario filial de Schoenstatt en Chile, por medio de un largo escrito, el padre Kentenich explicó a la Iglesia la misión divina de la cual se sentía portador. Entonces invitó a sus hijos, los hijos de Schoenstatt, a una cruzada de conversión por María en Cristo: había que volver a poner a Dios en el centro y para eso contaban con la ayuda fiel de la Madre de Dios y con la misma fuerza con que el Espíritu Santo envió a los apóstoles en Pentecostés.

Mario Hiriart, como los demás schoenstattianos de esos años, no comprendió cabalmente el alcance de las palabras del padre José Kentenich, sin embargo, el tiempo, la gracia y sus reflexiones, fueron conduciéndolo hacia la encarnación del sueño de su fundador.

Mario fue cautivado por el llamado a ser un santo de la vida diaria. Por transformar el mundo desde adentro. Por reinsertar el cristianismo en la cultura y en la propia vida, integrando lo humano y lo divino según el orden querido por Dios. Utilizó todos los medios ascéticos que su fundador proponía para facilitar la acción de la Santísima Virgen y la transformación por el Espíritu Santo. De este modo, Mario Hiriart pasó de una conciencia ética y racional de Dios, hacia la certeza de la relación filial; del orgullo, hacia la infancia espiritual; de la apatía y comodidad, al sacrificio incondicional de la vida. Las cavilaciones filosóficas que eran sus meditaciones, se fueron transformando cada vez más en un diálogo fiel, cariñoso y comprometido con Dios a través de la Santísima Virgen. El santuario de Bellavista se fue convirtiendo en el centro fundamental de su vida interior y la Eucaristía, la Santísima Virgen y su padre fundador, en sus grandes amores.

Así como en la naturaleza, gracias a las perspectivas que se le abrieron en Schoenstatt, Mario llegó a descubrir a Cristo vivo en el corazón de cada hombre con quién tenía contacto y se esforzó por transparentarlo hacia cada uno de los que encontraba. Entendió el amor a los demás como puente de amor a Dios. Siguiendo el ejemplo del padre Kentenich, quiso amar intensamente a los suyos, pero no como fines en sí mismos, sino como reflejos y a la vez caminos hacia el Padre Creador.

Tras la muerte de Mario Hiriart, el mismo padre José Kentenich llegó a decir de él a sus hijos: "ese es el tipo de hombre que queremos encarnar"...

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