La custodia de la Eucaristía
El tabernáculo y su historia. Un artículo del presidente de la Comisión pontificia para los bienes culturales
por Mauro Piacenza
Paloma eucarística, finales del siglo XII comienzos del XIII, Abadía de Frassinoro
Ab assuetis non fit passio, dice un antiguo dicho: “Se acostumbra uno a todo”; y para nosotros es habitual ver el tabernáculo en el centro del altar. Pero no siempre tuvo esta ubicación e incluso hoy, después del Concilio Vaticano II, vemos a veces el tabernáculo colocado en una capilla, fuera del aula principal de la iglesia o, de todos modos, fuera del altar mayor.
Creo útil ir hacia atrás en la historia litúrgica recorriendo las etapas de una evolución siempre relacionada con la historia del arte.
Desde el siglo VI tenemos testimonios de la unicidad del altar en las iglesias; luego el número de altares aumenta, pero se mantiene el respeto absoluto por la mensa dominica que excluye todo lo que es ajeno a la celebración del Santo Sacrificio. Hacia finales del siglo IX se empieza a colocar de manera permanente sobre la mesa del altar un nuevo elemento muy significativo: las reliquias de los santos. Pronto se añaden otros elementos, por lo que a principios del siglo X un documento importante, de origen galicano, conocido con el nombre de Admonitio Synodalis, que se convierte en ley general para todas las Iglesias de Occidente, prescribe que sobre el altar «se deben tener solamente las urnas de los santos (capsae), el evangeliario y la píxide con el Cuerpo del Señor para los enfermos; cualquier otra cosa ha de ser colocada en un lugar conveniente».
Hay que esperar hasta el siglo XVI para ver el tabernáculo fijo sobre el altar mayor y, más tarde, para verlo colocado en el centro de la mesa, última fase del desarrollo histórico del altar. Como homenaje debido a la reciente encíclica y a la consiguiente instrucción sobre la Eucaristía, me propongo trazar –en una breve síntesis– la historia de la custodia eucarística, tanto por lo que concierne al lugar como por lo que se refiere a los vasos sagrados usados para conservar la Eucaristía.
Periodo
de las catacumbas
Sabemos con certeza, por el testimonio unánime de los Padres de los primeros siglos, que, durante las persecuciones, los cristianos conservaban en sus casas con adorante amor la Eucaristía. Al terminar la celebración eucarística se distribuía el pan consagrado que los fieles guardaban en pequeños vasos, o pequeñas cajas, para comulgar cuando sintieran necesidad. El arqueólogo G. B. de Rossi, citando un texto de san Cipriano y los Hechos de los mártires de Nicodemia, de la época de Diocleciano, llama a estos pequeños vasos arca o arcula. El cardenal Bona, en su Rerum liturgicarum, n. 17, cita el texto de las disposiciones dictadas por un obispo de Corinto, que nos permiten conocer el rito de una comunión doméstica. «Si vuestra casa tiene un oratorio, depositaréis sobre el altar el vaso que contiene la Eucaristía, si no tiene oratorio, sobre una mesa decente. Extenderéis un pequeño velo sobre la mesa y depositaréis las sagradas partículas; quemaréis algún grano de incienso y cantaréis el trisagion [nuestro Sanctus, n. del a.] y el símbolo; luego, tras hacer tres genuflexiones en señal de adoración, tomaréis religiosamente el Cuerpo de Jesucristo». San Eusebio nos informa que los sacerdotes conservaban la Eucaristía en sus casas para llevar la comunión a los enfermos.
Por antiguos testimonios sabemos también que la Eucaristía se llevaba colgada del cuello, sea dentro de paños de hilo, que san Ambrosio llama oraria, sea en vasos de oro, plata, marfil, madera y también arcilla, llamados comúnmente encolpia. El encolpium era una cajita que contenía las reliquias y también el libro de los Evangelios que los fieles llevaban colgada del cuello por devoción. Conocemos algunos de estos objetos hallados en las tumbas del cementerio del Vaticano, de forma cúbica, provistos de suspensorio y adornados en la parte frontal con el monograma de Cristo y a los lados con el alfa y omega.
Época de las basílicas
Después de la paz de Constantino, que permitió a los cristianos celebrar libremente los sagrados ritos y construir los lugares de culto, sabemos por los testimonios de los Padres que pronto se estableció la práctica de custodiar la Eucaristía en las iglesias, aunque, por lo que nos dice Baronio, el uso de conservar la Eucaristía en las casas privadas dejó de hacerse definitivamente a principios del siglo VI. San Juan Crisóstomo nos dice que, a veces, se conservaba la Eucaristía bajo las dos especies y por san Ambrosio sabemos que en Milán la preciosísima Sangre se conservaba en un vaso de oro con forma de cubeta, llamado dolium. La sacralidad y la preciosidad son constantes. Y es la lógica de la ley del amor.
En las primeras basílicas la custodia eucarística tuvo dos formas: la torre y la paloma. Debaten los eruditos sobre la prioridad de estas dos formas, pero es muy probable que la torre sirviera de custodia a la paloma que contenía el pan eucarístico. Avala esta hipótesis la materia usada para la fabricación: las torres eran de plata y las palomas de oro. El bibliotecario Anastasio escribe en el De Vita Pontificum que Constantino regaló a la Basílica de San Pedro una torre y una paloma de oro purísimo, adornada con doscientas cincuenta perlas blancas; Inocencio I mandó construir una torre de plata y una paloma de oro para la iglesia de los Santos Gervasio y Protasio y el papa Hilario regaló una torre de plata y una paloma de oro a la Basílica de Letrán. Se debate asimismo sobre el lugar en el que se colocaban las torres y las palomas. Citando un fragmento de las Constituciones apostólicas, que se remontan al siglo IV, algunos consideran que se conservaban en el pastophorium, es decir, en el lugar más apartado e inaccesible de la iglesia: «Después de que todos hayan comulgado, que los diáconos lleven lo que ha sobrado al pastoforio». Algunos identifican el lugar de la conservación en el sacrarium. Un texto de san Jerónimo aclara que se trata del mismo lugar: «Quare “sacrarium”, in quo iacet Christi corpus, qui verus est Ecclesiae et animarum nostrarum sponsus, proprie thalamus seu “pastophorium” appellatur». Se trata de un local noblemente reservado, fuera del aula basilical.
Las especies eucarísticas se metían dentro de la paloma a través de una pequeña apertura realizada en el dorso y cerrada cuidadosamente mediante una tapa con bisagra. Las torres y las palomas se suspendían, por medio de cadenas, en el centro del ciborio sobre el altar. Hay que decir al respecto, que por ciborio (del latín ciborium más tarde tegurium y tiburium) se ha de entender el baldaquín de planta cuadrada que, desde la época de Constantino, se levantaba sobre el altar, saliendo de los cuatro lados, para darle más elegancia y suntuosidad. Algunas veces debajo del ciborio se construía otro, de pequeñas dimensiones, llamado peristerium (palomar) porque conservaba la paloma eucarística. Las cuatro cortinas que rodeaban el ciborio, llamadas por esta característica tetravela, se siguieron usando hasta los últimos años del siglo IX. El ciborio en el arte cristiano tiene una historia propia que no podemos tratar en esta conferencia. Sin embargo, no podemos por menos que citar como gloria del arte barroco el ciborio de Lorenzo Bernini que se alza majestuosamente hasta 29 metros de altura en el cielo de la cúpula de Miguel Ángel. La fe eucarística se hace arte y el arte ilustra la fe eucarística. ¡Cuánto tenemos que aprender! Pero esta lección no se aprende solamente durante las indispensables lecciones de arquitectura y de las varias artes que de ella se derivan. Es indispensable la cátedra de la gran teología y del reclinatorio, de la oración, de la vida de gracia, de la pietas, de la apasionada inmersión en la vitalidad pascual del año litúrgico, en el gran sentido de la perenne traditio Ecclesiae. Hay que sentir como algo habitual el horizonte de la eternidad con el que se mide todo lo pasajero.
Periodo románico
A las dos formas ya en uso –torre y paloma– se suma en el periodo románico la píxide. Con este nombre se designa normalmente el vaso sagrado, de cualquier forma o tamaño, que contiene la Eucaristía. El sustantivo griego, sin embargo, tiene el significado concreto de caja que le quita todo tipo de ambigüedad al término genérico de “custodia”, diferenciando claramente este vaso de la torre y de la paloma. Las palomas románicas, a diferencia de las antiguas, llevan un pedestal que, a veces, presenta el borde ligeramente alzado. Sobre el uso de la paloma como lugar de la presencia eucarística, hay que señalar que si en la Edad Media era común en Francia, no lo era en Italia, donde desde el siglo XI al XVI se prefirió usar armarios empotrados o el secretarium, una digna sacristía.
Tabernáculo del altar mayor de la Catedral de Siena, siglo XV
No puede decirse que el uso de la píxide desplazara al de la torre y la paloma; por lo demás, la píxide no era nada más que una torre de medio tamaño. Normalmente consistía en una caja redonda, algunas veces cuadrada, con una tapa generalmente cónica, aunque también plana. Precisamente por estas características resultaba muy práctica y más barata. A veces se juntaba la píxide al pico de la paloma como señal evidente de la presencia de las especies eucarísticas dentro de ella. Tenemos también ejemplos de píxides apoyadas en un pedestal, especialmente durante el siglo XII, de ahí el nombre de píxide pediculada.
Durante el periodo románico las custodias eucarísticas –torres, palomas y píxides– se colgaban sobre el altar, pero al desaparecer el antiguo ciborio se modificó el modo de suspensión. Generalmente se fijaba un colgadero con forma de cruz en el retablo y se colgaba la custodia en la parte alta. No faltan ejemplos de otras soluciones, incluso de cierto valor artístico, que sería largo describir.
En el periodo románico el oro y la plata fueron los materiales habituales para la fabricación de las custodias eucarísticas, cualquiera que fuese su forma. Para decorar las píxides se usaron también piedras preciosas. Aunque también se usó el cobre dorado y esmaltado, el marfil e incluso la madera.
Periodo gótico
Durante este periodo el modo de guardar el Santísimo Sacramento presenta distintas soluciones. La custodia –torre, paloma o píxide– se suspendía sobre el altar envuelta en un velo. Algunas veces la custodia se colocaba bajo el altar, como nos dicen los Estatutos sinodales de Lieja de 1287: «Corpus Domini in honesto loco, sub altari vel in armariolo sub clave custodiant». Normalmente, sin embargo, la custodia se guardaba en un pequeño armario o sagrario empotrado en la pared, a la derecha o a la izquierda del altar.
Se ponía mucho esmero, sobre todo en las iglesias de una cierta importancia, en adornar la puerta del sagrario con elegantes herrajes y también con pinturas, todo ello enmarcado por un arco agudo sostenido por pequeños pilares revestidos de arquitos y que terminaban en pináculos. De todos modos, se ponía cuidado en decorar con pinturas tanto el interior como la puerta del sagrario. Una apertura circular o con forma de trébol o de cuadrifolio, cerrada por una reja, practicada en la pared en correspondencia con el interior del sagrario, permitía a los fieles adorar en cualquier momento desde fuera el Santísimo Sacramento. Una lámpara encendida frente a la apertura señalaba desde lejos el lugar donde se guardaba el pan transubstanciado. Con la llegada del siglo XVI ya no es suficiente este ornato, significativo pero modesto armario, aunque de cierto interés artístico. Empiezan a aparecer los primeros edículos del Sacramento, que en un primer momento –finales del siglo XIV– fueron una característica casi exclusiva de las iglesias del norte de Europa.
El origen de estos edículos nos revela cómo el Espíritu Santo guía a los fieles y se debe a la piedad popular que, en la Edad Media, deseaba contemplar la Hostia consagrada, tanto durante la misa, en el momento de la elevación, como fuera de la celebración. El culto de la Eucaristía se centra en las llamadas exposiciones públicas, que multiplicaban las exposiciones eucarísticas casi como por un multiplicarse de la fe cordial y sencilla y la vez profunda y preciosa.
La exposición pública no era más que el culto público del Cuerpo del Señor con la Hostia expuesta a la adoración dentro de un ostensorio. Esta práctica estaba tan arraigada en el pueblo que algunas medidas restrictivas establecidas por algunos Sínodos no lograron limitarla. De todos modos, podemos anotar que la primera fiesta del Corpus Christi fue celebrada por los canónigos de Lieja en 1247. En 1264 el papa Urbano IV la extendió a toda la Iglesia, pero sólo en 1316 el papa Juan XXII la aprobó definitiva y providencialmente.
Los edículos eucarísticos fueron el punto de encuentro entre la piedad popular y las disposiciones sinodales, puesto que realizaron una especie de exposición permanente del Santísimo Sacramento ante los fieles. Se presentan como construcciones monumentales, con forma de torre que a veces llegaba hasta la bóveda, con predomino del estilo ojival, dentro de las cuales se guardaba la Hostia consagrada en un vaso transparente colocado detrás de una ancha reja metálica, para que los fieles pudieran contemplar, aunque confusamente, el Sacramento.
Tabernáculo atribuido a Arnolfo de Cambio, siglo XIV, Basílica de San Clemente, Roma
El tabernáculo
sobre la mesa del altar
La última fase histórica de la evolución del tabernáculo, como custodia eucarística, sobre la mesa del altar, se da a principios del siglo XVI. En Italia, el pionero de esta solución fue el piadoso obispo de Verona, monseñor Matteo Giberti, que la adoptó en las iglesias de su diócesis. Por precisión histórica esta disposición ya la encontramos en las Ordinationes de los Ermitaños de san Agustín, redactadas bajo Alejandro IV (1254-1261): «Queremos que en todas nuestras iglesias se guarde el Cuerpo de Cristo en un ciborio colocado sobre el altar mayor, dentro píxides de marfil o de otra materia preciosa, en cantidad modesta, cubierto con un velo limpísimo».
La disposición de monseñor Giberti tuvo especial resonancia en la Italia del norte y pronto se extendió también a las otras diócesis; la primera fue Milán, por obra de san Carlos Borromeo, que dispuso trasladar la residencia del Santísimo Sacramento de la sacristía a un altar de la Catedral. En Roma esta iniciativa fue apoyada por el papa Pablo IV. En 1614 el Rituale de Pablo V lo imponía a las iglesias de su diócesis aconsejando su adopción también a las otras. Fuera de Italia varios concilios dejaron libertad de opción sobre el lugar de custodia del Santísimo Sacramento; se prefirió, en general, usar tabernáculos murales y, donde existían, los edículos eucarísticos.
Como es sabido, eran los años de la aplicación de las normas del Concilio de Trento (1545-1563) que, en este caso, reaccionaba contra la doctrina protestante que negaba la permanencia de la presencia real de Cristo en las especies eucarísticas. A la exigencia de afirmar la doctrina católica se debe la difusión de colocar el tabernáculo, bien visible, sobre el altar mayor. Lo más habitual es que tuviera forma de casita y que se colocara en la parte alta del altar con tres órdenes de gradillas al lado sobre las que se colocaban los candeleros para los cirios, a veces numerosos, sobre todo con ocasión de las solemnes exposiciones eucarísticas. De este modo la mesa, desde el punto de vista visivo, se convirtió en una parte menor del altar que cada vez era más monumental y en el que se dio gran desarrollo artístico a cruces, candeleros, bustos-relicarios o estatuas de santos y de ángeles, grandes retablos. En el siglo XVI las obras más estimadas eran las puertecitas de los tabernáculos, realizadas con metales y piedras preciosas.
Hacia la mitad del siglo XVIII la colocación del tabernáculo sobre el altar era ya una práctica común en casi todas las iglesias, por lo que Benedicto XIV en su constitución Accepimus (16 de julio de 1746) la declaraba «disciplina vigente». Fue aceptada universalmente a raíz del decreto de la Sagrada Congregación de los Ritos del 16 de agosto de 1863 que prohibía cualquier otra forma de custodia.
La disciplina actual
La disciplina actual sobre el lugar en que se debe conservar la Santísima Eucaristía es un fruto de la renovación litúrgica llevada a cabo por el Concilio ecuménico Vaticano II.
En la mayor parte de nuestras iglesias, por conocidas razones históricas, el elemento central –dominante respecto al propio altar– ha sido, durante casi cuatro siglos, el tabernáculo eucarístico. La adaptación litúrgica de las iglesias existentes, que tiene por objetivo exaltar la primacía de la celebración eucarística y, por tanto, la centralidad del altar, debe reconocer también la función especifica de la reserva eucarística. Se considera necesario, por eso, que, con motivo de posibles intervenciones de adaptación, se dedique un cuidado especial al “lugar” y a las características de la reserva eucarística. En este caso, reservar un lugar propio para la conservación de la Eucaristía ha de entenderse de tal modo que permita subrayar aún más el misterio de la permanencia de la presencia real y crear las condiciones para su adoración.
También la localización y la eventual realización de una nueva noble custodia eucarística deben facilitar la identificación y el acceso directo a ella en un ambiente recogido y favorable a la adoración personal. En el caso de que la capilla eucarística no fuera visible inmediatamente al entrar en la iglesia, se debe pensar en indicaciones apropiadas que, con claridad y buen gusto, conduzcan a ella. En la capilla, como en el local para las celebraciones, no han de faltar nunca bancos con reclinatorio para que se tenga siempre la posibilidad de hacer la adoración arrodillados. Y esto hay que decirlo y hacerlo porque no faltan ciertas insinuantes prácticas finalizadas a que sea muy difícil rezar arrodillados. Se elimina incluso el signo. Debajo de todo esto hay un atentado contra la fe en la presencia real. ¿Cómo es posible no intuirlo?
En todo caso, hay que recordar que en cada iglesia el tabernáculo para la reserva y para la adoración eucarística debe ser único.
El Santísimo Sacramento debe ser reservado en un lugar arquitectónico verdaderamente importante, normalmente distinto de la nave de la iglesia, apropiado para la adoración y la oración, sobre todo personal, noblemente ornamentado y adecuadamente iluminado.
El tabernáculo, además de ser único, ha de ser también inamovible, sólido e inviolable, no transparente. No se olvide disponer a su lado el lugar para la lámpara que debe arder constantemente, como signo de honor tributado al Señor. También el conopeo y el ornamento floreal ayudan oportunamente a captar la vida que late dentro de esa custodia.
En alternativa a la capilla eucarística, que es la solución recomendada, puede considerarse idónea una solución que localice un espacio dentro del aula (por ejemplo, una capilla lateral amplia), que pueda adaptarse con dignidad, decoro y funcionalidad para la oración y la adoración, y que sea señalada oportunamente (cf Ordenación general del Misal Romano, Roma 2004, nn. 314-317).
No está de más aludir a los vasos sagrados destinados al cuerpo y la sangre del Señor durante la misa (cáliz, patena) y durante la adoración eucarística (ostensorio). Recientemente la Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos ha publicado una instrucción «sobre algunas cosas que se deben observar o evitar acerca de la Santísima Eucaristía» que se ocupa también de los vasos sagrados, recordando que deben ser elaborados con materiales considerados nobles, según las varias regiones, que se deben evitar vasos de uso común o sin ningún valor artístico (cita explícitamente simples cestos, vasos de cristal, arcilla, creta y otros materiales frágiles), y esto porque «con su uso se tribute honor al Señor y se evite absolutamente el peligro de debilitar, a los ojos de los fieles, la doctrina de la presencia real de Cristo en las especies eucarísticas» (Redemptionis sacramentum, 25 de abril de 2004, n. 117).
No hay comentarios:
Publicar un comentario