sábado, mayo 02, 2009

MARIA DEL ROSARIO DE SAN NICOLAS


EXIGENCIAS DE LA CONSAGRACIÓN A MARÍA



LA ORACIÓN

Solamente por la oración continua, que nos levará a la fidelidad, podremos mantener la serenidad, la paz, la fortaleza, la esperanza en medio de las distintas tormentas de la vida.

La oración será cada vez más nuestra respiración y nuestro clima apropiado que nos permitirá discernir lo que es de Dios.

María en Pentecostés por la oración, nos hará capaces de formar una unidad de cuerpo como Iglesia que somos, nos engendrará por el Espíritu Santo como cuerpo para hacer visible a Jesús y ser eficaces evangelizadores. En ésta su hora nos va formando para responder a las exigencias de su tiempo.

Nos habituaremos a la reflexión de la Palabra y a la contemplación continua de los signos-acontecimientos por los que el Señor no deja de hablarnos diariamente al corazón y haremos como María, que guardaba todo en la contemplación de su Corazón virginal.

Las cuatro partes del santo rosario son un regalo que le debemos a María, una hermosa alabanza, una humilde actitud de súplica y un consuelo y fortaleza para nuestras almas. El adversario no podrá con nosotros si nos atamos a María con el rosario diario fervorosamente meditado.

Nos habituaremos a vivir en la presencia de Dios, buscando la unión con Él en la frecuente oración jaculatoria, que nos haga descubrir la Voluntad del Señor para serle fieles en la riqueza de cada momento.
Toda nuestra vida debe estar impregnada del espíritu de la oración, por eso será importante actualizar frecuentemente el ofrecimiento de nuestras actividades pastorales rectificando nuestra intención: debemos buscar en todo la Gloria de Dios.


ORACIÓN LITÚRGICA


La Eucaristía es el supremo momento del encuentro con el Señor. María está junto a nosotros en cada misa distribuyéndonos la gracia de Jesús, animándonos a ser víctimas queriendo ensanchar nuestro corazón para hacerlo capaz de mucho amor y de mucha entrega.
La Liturgia de las Horas celebrada en forma personal o comunitaria, unirá nuestras voces a la oración oficial de la Iglesia para alabanza de la Santísima Trinidad y para interceder por nuestros hermanos.


EL AMOR


En el capítulo XIII de la Primera Carta a los Corintios, el Apóstol San Pablo muestra En el amor el especial camino de gracia y de santidad. El cuerpo de Cristo , que es la Iglesia está llena de funciones, carismas y ministerios, pero el camino más excelente es el del amor, sin el cual todos los demás servicios quedan sin alma, no cumplen realmente su específica tarea. El amor es el alma de la Iglesia, el amor debe ser el alma de toda actitud que mueva nuestros corazones para establecer la verdadera comunión de las personas que en nosotros buscan a Dios. Debemos meditar en el ejemplo de los miembros de la primera comunidad cristiana, que inspirada en la palabra de los apóstoles, tenía un sólo corazón y una sola alma por el amor, repartían sus bienes, no habiendo pobres entre ellos y se alimentaban con la Eucaristía, viviendo en continua actitud de oración: hemos de vivir nuestra comunidad haciendo que el mundo que nos rodea, vaya descubriendo el ideal que Jesús aspira a concretar con nuestro pequeño aporte y ejemplo de pastores. María estará presidiéndonos en la oración y en la fraternidad, como lo hizo con los apóstoles.


NUESTRA VIDA FRATERNA


Nuestra vida fraterna debe ser el signo de la unidad Trinitaria y la imitación del modelo de Nazaret para que viéndonos, el mundo crea y destruya el egoísmo del pecado, aspirando a la alegría de la unidad por la que el Señor murió. Será nuestra mayor predicación, el signo visible de la unidad como consecuencia de la fe en el Señor y de la oración profunda y creciente, que va creando un estado de unión con Dios que hace posible el misterio de la fraternidad.

Como consecuencia de nuestra vida fraterna, nos consideraremos realmente hermanos de todos los hombres y servidores de los demás, considerándolos más dignos que a nosotros mismos, y sintiéndonos en deuda con ellos. Conocemos nuestra raíz común, en nuestra condición de pecadores y en la acción salvadora de Jesús en favor nuestro. El Señor nos da la gracia de servir desde su gesto salvador a la salvación de todos los hombres. La caridad fraterna debemos manifestarla en las múltiples ocasiones en que el prójimo nos la exige. La primera de ellas es nuestra vida comunitaria, familiar, parroquial, misionera, escolar, etc., donde a pesar de las dificultades naturales en toda vida fraterna no nos cansaremos de amarnos como hermanos, de buscar ser para los demás un signo visible y Trinitario del Amor de Dios Viviente en el seno de nuestra comunidad.


LA HUMILDAD


La humildad es virtud esencial para el consagrado. Muchas veces hemos señalado esa virtud, eminentemente evangélica, tan puesta de manifiesto por Jesús que nos dice “aprendan de mi que soy manso y humilde de corazón”. La humildad nos lleva, en primer lugar, a una aceptación paciente, humilde, respetuosa de nosotros mismos y de nuestros hermanos. Como consecuencia inmediata de nuestra conciencia de pobres y pequeños la humildad nos hace orantes; justamente porque no podemos, porque no sabemos, porque no queremos, nos dirigimos incesantemente al Señor, al Padre de las luces, al dador de todo bien, para que nos plenifique y nos dé todo aquello de lo que nosotros carecemos.
El humilde, esencialmente es orante porque sabe que en la oración alabará a Dios, al Padre, al Creador, al Señor del Universo; le dará gracias por todos los beneficios que incesantemente recibe y encontrará la respuesta a sus constantes interrogantes que como creatura pobre, pequeña y pecadora no alcanza a descubrir por sí mismo. La oración será la expresión natural del corazón humilde. El cristiano humilde no puede dejar de orar porque allí está su fuerza, su consuelo, y la garantía de su fidelidad. María, la mujer orante por excelencia, la que nos preside en la oración, nos enseña este camino de encuentro creciente con el único Dios, con el Señor nacido de sus entrañas, con Quien quiere identificarnos en profunda actitud de amistad.


AMOR MISIONERO


El Santuario y los lugares de Misión como el arca, como o como el Corazón de la Madre serán los lugares donde recibiremos a todos aquellos que de distintas maneras vendrán a quitarnos tiempo, energía, todo aquello que quisiéramos hacer y nos indicarán aquello a lo que tendremos que renunciar. El prójimo es dueño de nosotros; voluntariamente nos hicimos sus servidores por nuestro amor misionero. Con amor al Señor y en el corazón de la Virgen, esta actitud de caridad debemos ejercitarla con todo hermano, comenzando por aquellos que por distintos motivos están más distanciados de nosotros, rezando por ellos y estableciendo puentes de unión, siendo para todos ejemplo de fraternidad; teniendo el corazón de tal manera abierto que como en el Corazón de Cristo y de María, también en nuestro corazón nadie quede afuera; que todos sean sincera y profundamente amados.


LA EFICACIA MISIONERA


No siempre estará en nuestras manos la posibilidad física o intelectual de realizar actividades apostólicas. A veces la enfermedad, la imposibilidad originada en diversas causas nos impedirá trabajar como quisiéramos; pero siempre estará en nuestras manos, en esos momentos especialmente, la posibilidad de orar por aquellos que el Señor nos ha confiado. La misión exige esta actitud: orar por nuestros hermanos y en segundo lugar ofrecer nuestros sacrificios voluntariamente sufridos y aceptados, por aquellos que el Señor quiere consagrar para Él, redimir, rescatar, desde nuestra inmolación personal, similar a la de María en la Cruz. Lograremos así frutos que solamente en la eternidad podremos verificar y que van a ser mucho más importantes que los que derivan de nuestra propia predicación y enseñanza, si ella está basada simplemente en nuestras capacidades humanas. Orar, ofrecer y trabajar para el Reino: las tres metas. La tercera, a veces, puede estar más condicionada; pero en ese momento recordemos que la oración y el ofrecimiento están produciendo grandes frutos de redención, si los hacemos con amor.


LA OBEDIENCIA


María nos invita a la humildad y a la obediencia que vivió Jesús en Nazaret; Él aprendió a obedecer entregando su vida hasta la muerte y muerte de Cruz; ya en Nazaret, vivió sujeto a José y a María; allí nos invita a la heroicidad de las cosas pequeñas que son garantía de la fidelidad a las cosas grandes; nos invita al trabajo silencioso, a la tarea contemplativa, a la oración humilde y perseverante, a descubrir la vida como servicio para la obra de la redención.
Nuestra actitud de obediencia se hará explícita en la docilidad a la Iglesia universal y particular y a las exigencias de la vida consagrada a Dios por la Consagración a María.


ESPÍRITU DE SACRIFICIO


Ciertamente el Señor nos enseñó la obediencia hasta la muerte y muerte de cruz. Nosotros compartiremos su suerte inmolándonos cada día en el altar del sacrificio eucarístico; pero hemos de prolongar ese ofrecimiento de nuestro sacrificio en cada uno de los momentos del día en los que el Señor nos vaya a exigir algo de renuncia, algo menos agradable, algo decididamente doloroso. El Señor quiere prolongar en nuestro cuerpo, nos dice San Pablo, lo que aún falta a la pasión de Cristo por el bien de su Cuerpo, que es la Iglesia.
El espíritu de sacrificio que sostiene nuestra actitud penitencial y de conversión debe ir haciéndonos cada vez más capaces de una gradual inmolación de nuestras vidas, en el silencio generoso, en la paciente y humilde aceptación de la tribulación, en el sacrificio que nos llega y que el Señor permite sin que lo hayamos buscado.
Aunque la naturaleza humana muchas veces se rebele ante el dolor, cualquiera sea él, sin embargo agrada especialmente al Señor ese ofrecimiento que le hacemos cuando el hombre viejo se resiste a sufrirlo. Es doblemente grato al Señor cuando libremente, sin que nadie nos quite la libertad, le ofrecemos lo que El nos pide. Desde ese sacrificio, unido al espíritu profundo de oración, llegaremos a salvar un gran número de nuestros hermanos, seremos causa de grandes conversiones, en el secreto y en lo íntimo del corazón.



Pro. CARLOS A. PÉREZ
Rector del Santuario

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