
La familia de Nazaret es verdadera familia. Allí reinan profundos vínculos de amor y de unidad; si no fuera así, no tendríamos derecho a hablar de “la Sagrada Familia” , modelo de comunidad cristiana. Es “Sagrada” no por ser rara o menos humana, sino por la realización de la voluntad del Padre precisamente en medio de las circunstancias mas normales de la vida.
No hay en ella sucesos prodigiosos o anormales. José es el varón y jefe de la casa, María es la madre y esposa, Jesús es el hijo que “crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre El”. Entre ellos existe una perfecta comunidad de amor. El uno está para el otro, con el otro, en el otro. Y los tres, cada uno en su realidad y en su originalidad propia, confluyen en un solo amor: la voluntad del Padre.
La Sagrada Familia, con su realidad de comunidad perfecta, se torna transparencia de una verdad clave: Dios mismo es familia. En El existen tres personas – Dios trino- que en amor eterno e infinito forman una comunidad perfecta – un solo Dios verdadero- sin pérdida de la identidad personal. “Se ha dicho, en forma bella y profunda, que nuestro Dios en su misterio más intimo no es una soledad, sino una familia, puesto que lleva en sí mismo paternidad, filiación y la esencia de la familia que es el amor.”
Dios, familia en su misterio mas intimo, lo es también cuando se comunica al hombre de la Alianza. Lo hace justamente para enriquecerlo con la participación en su misterio. La gracia divina es la realidad que – en Cristo y por el Espíritu Santo- nos convierte en miembros de la Familia del Padre. Pero esta gracia nos llega por mediaciones humanas. La familia es una de las más decisivas. Pablo VI afirma: “El matrimonio es quizás, entre todas las instituciones humanas, la que mejor permite captar el pensamiento de Dios creador y el modo cómo llama al hombre a cooperar en su obra”. Y en otra alocución expresa: “Un hombre y una mujer que se quieren; la sonrisa de un niño, la paz de un hogar: predicación sin palabras, pero tan asombrosamente persuasiva, en la que cualquier humano puede adivinar, como transparentándose, el reflejo de otro amor y su reclamo infinito.”
En la Familia de Nazaret encuentra su culminación terrena toda la santidad y belleza del amor familiar. Allí se realiza ejemplarmente este plan divino y se nos vuelven cercanas las dimensiones mas hondas del misterio del Dios familia. “Debemos expresare con nuevo fervor, con nueva conciencia, nuestro culto al cuadro que el Evangelio pone ante nuestros ojos: José con maría y Jesús, niño, muchacho, joven con ellos. Es un cuadro típico. En el pude estar reflejada cualquier familia. El amor doméstico, el más completo, el más hermoso según la naturaleza, irradia de la humilde escena evangélica y se expande inmediatamente en una luz nueva y deslumbrante: el amor humano cobra esplendor sobrenatural. La escena se transforma: en ella domina Cristo; las figuras humanas que están cerca de El asumen la representación de la nueva humanidad, la Iglesia. Cristo es el Esposo, la Esposa es la Iglesia.”

Nazaret, la familia ideal
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